La historia de la perla “Peregrina”
Detalle del retrato de Felipe III portando la Peregrina
Velazquez
La perla Peregrina es una de las piezas más conocidas y valiosas de la historia de la joyería. No es solo una perla grande y bien formada: es un objeto que ha atravesado cuatro siglos, pasando por la corona española, la aristocracia europea y, más tarde, Hollywood.
Dónde se encontró la Peregrina
La perla apareció en el siglo XVI en las islas Perlas, frente a la costa de Panamá, entonces territorio del Imperio español. La encontró un buceador esclavizado, encargado de extraer ostras perlíferas del fondo del mar. Según los relatos que se conservan, la calidad y el tamaño de la perla fueron tales que su dueño le concedió la libertad como recompensa.
Es un dato que conviene no pasar por alto. Muchas joyas antiguas tienen detrás procesos de extracción duros, a veces violentos, que rara vez se mencionan cuando se cuenta su historia como una simple anécdota bonita. La Peregrina es un buen ejemplo de eso: su origen no fue romántico, fue trabajo forzado.
La perla, con forma de pera y un tamaño excepcional para la época, llegó pronto a la corte española. Se la conoció como "La Peregrina" por su rareza y por el largo recorrido que estaba a punto de empezar.
De la corte española a la aristocracia europea
En 1580 le llegó a el rey Felipe II y permaneció en la colección real durante generaciones; se la puede ver en retratos de la familia real de la época, como Margarita de Austria, Isabel de Borbón o María Luisa de Parma, reinas de España que la lucieron a lo largo de los siglos.
Margarita de Austria. Velazquez
En 1580 le llegó a el rey Felipe II y permaneció en la colección real durante generaciones; se la puede ver en retratos de la familia real de la época, como Margarita de Austria, Isabel de Borbón o María Luisa de Parma, reinas de España que la lucieron a lo largo de los siglos.
Durante la ocupación napoleónica de España, a principios del siglo XIX, la perla salió del país en manos de José Bonaparte, hermano de Napoleón. A partir de ahí cambió de propietario varias veces dentro de la aristocracia europea, hasta quedar durante más de un siglo en manos de la familia de los marqueses de Abercorn, en Reino Unido.
La compra de Richard Burton y el final conocido de su historia
En 1969, el actor Richard Burton compró la perla en una subasta y se la regaló a Elizabeth Taylor. La pagó unos 37.000 dólares, una cifra alta para la época pero muy inferior a lo que llegaría a valer después. Taylor la llevó durante un tiempo suelta, sujeta a una cadena sencilla, hasta que en una ocasión estuvo a punto de perderla: uno de sus perros la tenía en la boca. A raíz de eso encargó a Cartier que la engarzara en un collar de perlas, rubíes y diamantes, y así se conservó el resto de su vida.
Tras la muerte de la actriz, la perla se subastó en Christie's en 2011 como parte de su colección de joyas y se vendió por 11,8 millones de dólares, un precio récord para una perla en ese momento.